Síntesis y algún comentario sobre la construcción del Empire State Building.
Karl Rossmann, otro proscrito perplejo, deriva por Nueva York y alrededores, como protagonista de la novela inacabada que Franz Kafka (1883-1924) escribió en 1912 y que su recopilador publicará como Amerika (o El desaparecido), aunque el escritor de Praga jamás pisó ese continente. Mies van der Rohe (1886-1969) imagina, en 1921, un edificio de cristal como un ideal o una interpretación de los rascacielos que se construyen en las ciudades americanas. Sigfried Giedion (1888-1968) compara esta propuesta con el edificio de Burnham (1846-1912) para el Reliance Building en el Chicago de 1894, para preguntarse una vez más sobre lo que atañe al oficio de arquitecto y su duelo con lo artístico. Por un lado, lo transparente o brillante que deja expuesto lo estructural y lo humano anticipa una posibilidad, algo que debiera orientar la arquitectura y la vida de los hombres. En frente, lo técnicamente realizable, financieramente rentable, aquello de lo que el hombre es capaz, lo que responde a sus necesidades.
En este sentido, la construcción del Empire State Building da forma como intentaremos ver a esta visión instrumental de la arquitectura cuyos ideales pueden parecer los de la eficiencia, luego cuantificables sobretodo en términos comerciales, aunque tras ellos existan ciertos riesgos asumidos quizá por ideales superiores.
Pero estamos al final de los años veinte en Nueva York, el estado imperio. Se trata del final de una etapa económica formidablemente benigna, típica de los ciclos del capitalismo en la que se generan los mayores negocios y con ellos un gran desarrollo de la edificación y de sus técnicas. En este tiempo en Nueva York se están finalizando distintas torres como el edificio Chrysler, el Manhattan Co. o el New York Life Insurance Co.
1 de junio de 1929
En este ambiente, el banquero Kaufman se hace con la opción de compra que tenía el arquitecto y especulador inmobiliario Brown desde diciembre de 1928, sobre el histórico pero obsoleto edificio del hotel Waldorf-Astoria. Era una práctica habitual en el negocio inmobiliario de la época: Brown ha pagado una cantidad de dinero, ha publicitado su inversión con un anuncio en prensa en el que figura ya una imagen de un posible edificio para el lugar, y el día antes de que acabe el plazo para validar su opción de compra encuentra comprador; en este caso, el propio banquero que avala sus inversiones.
Se crea entonces un equipo de proyecto comandado por dos financieros que provienen de la gran industria, du Pont y Raskob, y una cabeza visible, un político, el exgobernador Al Smith que deberá dar publicidad y credibilidad al mismo. Retoman el equipo de arquitectos Shreve, Lamb & Harmon –con formación en Cornell, Columbia y Beaux-Arts, y Columbia, respectivamente- que había hecho los primeros esbozos para Brown y con experiencia en edificios comerciales de grandes dimensiones, y les imponen seis premisas muy claras: (1) la planta ocupará la totalidad de la parcela rectangular de 7.800 m²; (2) el presupuesto no deberá superar los 35 millones de dólares; (3) el número de plantas y, por tanto, la altura del edificio estará sometida a la law of diminishing return, es decir la máxima altura que asegure el mayor beneficio de explotación teniendo en cuenta los costes de construcción y de inversión; (4) los límites en los conocimientos de las leyes físicas para la construcción en altura, en particular el empuje horizontal de los vientos, y la resistencia de los materiales; (5) la zoning law, normativa municipal que imponía los retranqueos necesarios en los volúmenes para permitir la iluminación natural de las calles y autorizaba la prolongación en altura de los volúmenes no afectados hasta el infinito; y (6) la fecha tope del 1º de mayo de 1931 por ser la fecha en que se renovaban los contratos anuales de arrendamiento según las prácticas inmobiliarias de la metrópoli.
29 de agosto de 1929
El Gobernador Smith convoca a la prensa para anunciarle el proyecto de construcción del edificio más alto del mundo.
Durante el mes de septiembre, en cuatro semanas, se confirman esas directrices de proyecto a las que se añaden la profundidad de las oficinas –distancia máxima de ocho metros y medio entre ventanas y pasillos- y se define el acabado de fachada que será de piedra caliza. Por fin, se completa el equipo con la selección y contratación de la empresa constructora Starret Brothers & Eken, una de las pocas que podían optar a un trabajo de esta envergadura. Éstos despliegan todo su determinación y capacidad de convicción a base de ejemplos exitosos recientes, se ponen de acuerdo en cifras y plazos, firman el contrato y en dos días se ponen a trabajar.
22 de septiembre de 1929
Empieza la demolición del hotel con la construcción del puente de madera que, en el perímetro de la parcela, protegerá las aceras. La demolición se realizará piso a piso con maquinaria especializada tal como martillos neumáticos y taladradoras, haciendo bajar los cascotes hacia el interior del edificio donde en la planta baja serán directamente cargados en camiones a excepción de los restos de madera que se apilarán en el puente y se cargarán en los camiones que esperan en la calle. La estructura metálica será desmontada cortándola con equipos de óxido acetileno, moviendo los elementos con tres grúas. Bajo el nivel de la calle se utilizó dinamita.
Se limitaron los riesgos inherentes a esta actividad a base de estructurar con atención el orden de los trabajos a realizar –planta a planta, primero las paredes, luego los forjados- y de emplear sólo a obreros experimentados que fueran capaces de utilizar técnicas de señalización de peligros.
Como curiosidad, distintas personas de distintas partes del mundo solicitaron como recuerdo algún detalle particular del antiguo hotel.
24 de octubre de 1929
Black Thursday, pánico en la bolsa de Wall street. Es la crisis del sistema, la ruina del mercado. Y es aquí donde se ponen en cuestión las motivaciones exclusivamente especuladoras de los promotores. Ante este panorama, lo financieramente sensato podría haber sido esperar, posponer el proyecto. En efecto, el problema que lógicamente se encontrará el edificio, una vez concluido en plazo, será el de la falta de clientes y en consecuencia la falta de ingresos para hacer frente a los préstamos bancarios, o para recuperar la inversión. El Empty Building como se le designó con ironía no consiguió completar su oferta de oficinas hasta 1940.
Pero otras razones ponían en duda también la rentabilidad de la operación. Principalmente, la localización ya que esta parcela de la 5ª avenida entre las calles 33 y 34, no estaba realmente en el centro de negocios y quedaba algo alejada de las estaciones de ferrocarril. Por ello, parece que las motivaciones no fueron puramente financieras. Si bien es cierto que el promotor debía ser excepcionalmente solvente, se diría que el gusto por el reto, por la épica y, por qué no, por favorecer el empleo en tiempos difíciles, decidió al equipo promotor a seguir con sus exigentes planes. Quizá, cosas del sempiterno dilema entre vanidad y esfuerzo.
12 de marzo de 1930
Acaba la demolición, empieza la cimentación.
Y con los trabajos de edificación, de hecho, se tienen que gestionar las actividades simultáneas de hasta 3.500 trabajadores de distintas empresas y el trasiego de materiales, ya que Starret Brothers & Eken subcontratan muchas de las partidas a compañías especializadas. Éstos hablan de construir un edificio como de ir a la guerra, aunque más parece la interpretación de la construcción como una industria fabril de precisión o la de un monumental equipo deportivo de alto rendimiento en año olímpico: especialización de élite en espacio de tiempo concreto.
La gestión implica una estricta metodología tanto de previsión (definición y planificación), como de control, con las inspecciones y formularios inevitables.
Los obreros empezaban a trabajar a las ocho de la mañana. Se les entregaba una chapa de bronce y otra de aluminio. La primera debían devolverla al acabar la jornada de ocho horas y mostrarla en cualquiera de los dos controles uno matinal y otro por la tarde que pasaban diariamente en su puesto de trabajo. En la chapa de aluminio quedaban anotadas las horas trabajadas. Se recogían los miércoles; el jueves se hacían las cuentas y se solicitaban al banco los jornales en sobres personalizados que se entregaban los viernes en mano bajo la custodia de guardias armados cuando las cantidades empezaron a ser importantes. Dinero pues para el fin de semana que se respetó casi siempre para el descanso.
Para mejorar el rendimiento se contrató un servicio de catering en un buen restaurante del barrio que instaló cuatro cantinas en distintas plantas del edificio, evitando retrasos y traslados a la hora de comer.
La asignación de los trabajos diarios estaba así mismo determinada individualmente de un día para otro como el acopio de materiales que se realizaba casi en su totalidad en el interior de la planta baja y se subía de inmediato a las plantas donde eran necesarios. O se bajaban a los sótanos como en el caso de los áridos, cementos y cenizas, donde se instaló la planta hormigonera, y también como los ladrillos bastos que se cargaban en volquetes.
Los deshechos de obra se tiraban por unos bajantes metálicos hasta el interior de la planta baja cargando directamente en camiones para su evacuación.
En general, los materiales se subían por alguno de los diecisiete montacargas instalados y que se asignaban diariamente por tareas o por subcontratas. Eran controlados de manera centralizada por un ingeniero que disponía, como novedad, de unos testigos lumínicos que le permitían conocer la situación de los aparatos.
Al llegar a cada planta los materiales eran movidos en los mismos carros o volquetes que circulaban sobre unos raíles que facilitaban y ordenaban su distribución.
En cuanto a los obreros, éstos accedían a sus lugares de trabajo por dos jaulas mineras que se iban completando con gran flexibilidad según ascendía la estructura, con cuatro ascensores reciclados del antiguo hotel y otros cuatro instalados temporalmente también por la compañía Otis.
Las medidas de seguridad tuvieron que ser exhaustivas por la presión de los sindicatos que en aquel tiempo consiguieron parar otras obras y la de la opinión pública agitada por las rencillas políticas inevitables al tener como representante del proyecto a un dirigente demócrata. La colaboración con las autoridades en este aspecto hizo que se adoptaran las directrices empleadas como referentes para futuras obras.
Aún así, murieron seis obreros en accidentes y una mujer que pasaba por la calle que se hizo un corte en un tobillo con una plancha metálica y se le infectó.
7 de abril de 1930
Empieza la erección de la estructura de acero.
Aquí es donde comienza la vertiginosa carrera para cumplir los plazos. Cuatro son las tareas que marcan el ritmo de la construcción del edificio:
La estructura de acero.
Diseñada por el despacho de ingenieros de H. G. Balcom con piezas de acero unidas con roblones debía responder a las cargas gravitatorias propias y de sus ocupantes, a los empujes horizontales del viento y debía servir como anclaje y soporte para las distintas maquinarias. Por cierto, se constató la peculiaridad de que el peso propio provocaba el achatamiento del edificio que reducía en unos centímetros la altura prevista. Pero sobretodo, la ingeniería tenía que hacer frente a la velocidad de diseño, fabricación, transporte y puesta en obra a base del solapamiento de las tareas -fast-tracking- y de la definición específica de una metodología de trabajo con instrucciones específicas.
La compañía subcontratada Post & McCord dividió la fabricación entre dos compañías –American Bridge Co. y McClintic-Marshall Co.- que llevaban las piezas de dos plantas a la vez a un almacén intermedio junto al río en New Jersey, desde donde se transportaban río a bajo en gabarras, hasta los muelles del East River y de ahí en camiones hasta la obra. Todo debía estar coordinado ya que no había sitio donde almacenar en obra.
El ritmo acabó siendo de una planta al día, ganándose doce días al plazo previsto.
La losa de forjado.
La simplificación fue máxima. Los encofradores formaban los planos horizontales a base de tableros de madera que incluían las jácenas de acero. Extendían un mallazo que quedaba algo combado entre las vigas y se disponían las cajas de derivación y tubos que quedarían embebidos para pasar el cableado eléctrico. El vertido del hormigón se realizaba con carretillas subidas desde la planta hormigonera del sótano. En cuatro o cinco días se desencofraba.
La estructura de fachada y ventanas.
Se utilizó para la fachada un sistema autoportante –colgado o curtain wall. Unos montantes de acero inoxidable anclados entre planta y planta soportaban el peso y anclaje de los materiales dispuestos en franjas verticales y el empuje de los vientos. Las franjas macizas acabadas en piedra iban trasdosadas de fábrica de ladrillo que también rellenaba el antepecho de las ventanas. Éstas, formadas con carpinterías metálicas moduladas fabricadas en Baltimore, ocupaban desde el antepecho hasta las jácenas perimetrales. En el exterior, en sentido vertical, el paño de pared entre ventanas se aplacó con un panel de aluminio moldeado.
Estos trabajos se van realizando mientras unos pisos más arriba Post & McCord sigue haciendo crecer la estructura metálica simultáneamente.
Este sistema prácticamente industrial de adición de piezas con poca manipulación en obra, permitió adelantar en treinta y cinco días su fecha estimada de finalización.
El acabado de fachada.
El revestimiento pétreo de la fachada se realizó a base de bloques de piedra caliza de Indiana en módulos repetidos excepto para los detalles particulares con ornamentación esculpida en que se emplearon piezas de tamaño específico. De esta manera, se simplificó el montaje y se redujo el volumen de piedra necesaria al tratarse de módulos del espesor adecuado pero mínimo.
Se izaron los bloques en los montacargas en los mismos vagones planos que, circulando por los raíles, se hacían llegar a sus posiciones finales ayudándose de unas grúas de manivela para colgarlas y afinar su colocación. La junta entre losas se realizó con un innovador sistema con una chapa doblada de plomo que debía absorber los movimientos, evitando la rotura de las piezas.
En menos de tres meses, quedó colocada toda la piedra de la fachada.
22 de septiembre de 1930
Se completa la estructura y en diciembre queda ya prácticamente cerrado el edificio, para poder realizar los trabajos interiores en las mejores condiciones.
Entre éstos, los aplacados de mármol de distintas procedencias (Bélgica, Alemania, Italia y Francia) de estudiadas composición y textura, y un sistema de bajada de correo necesario comercialmente y prácticamente infalible supervisado por la compañía de correos; la instalación de cincuenta y ocho ascensores Otis de pasajeros –también seis montacargas- con mecanismos inteligentes para acortar esperas y mejorar la fluidez del servicio y con puertas de apertura automática; una instalación eléctrica realizada por L. K. Comstock & Co. digna de una ciudad entera con los enormes transformadores en la planta 84, que obligó a agudizar la imaginación de los ingenieros para realizar un tendido sin ángulos ni curvas; la fontanería y evacuación; calefacción y ventilación forzada; enyesado de paredes; alicatados; impermeabilización de la cubierta; carpinterías interiores; barreras de vapor y sellados.
1 de marzo de 1931
Final de obra.
Los datos muestran un interminable listado de números que ilustran récords y ahorros espectaculares de tiempo, material y dinero. En realidad se resume todo en una optimización de recursos. De los recursos punteros de la época. No parece que se produzcan novedades espectaculares. Sólo se utilizan los conocimientos técnicos más desarrollados en cada partida de obra. Los conocimientos de la industrialización.
Quizá eso pretendía simbolizar el edificio con el orgullo de su estatura y la vanidad de su nombre: la muestra de la capacidad de la empresa de la humanidad para realizar grandes cosas con el trabajo colectivo organizado.
En contraste, también podemos pensar siguiendo la estela del ‘proscrito perplejo’, imagen del hombre moderno, que esta casi infinita superposición de pisos realizada por alienados jornaleros a la carrera, no es sino el símbolo mismo de las miles de vidas atrapadas entre sus forjados, en sus anónimos quehaceres cotidianos… quizá también heroicos.